viernes, 15 de diciembre de 2023

Los sapos.

Los sapos son malos, ellos siempre roban cosas. Te engañan ofreciéndote un jardín de papas, Coca Cola y mariposas.

Los sapos son malos, no te debes fiar. En un descuido te han raptado y no tienes cómo regresar.

Los sapos son malos, ¿ya te lo he dicho? Se comen a las ancianas y te engañan diciendo que son bichos.

Tienen el ojo de mi gato, él no los vio venir. Tal vez tú debas, si en este camino quieres seguir.

¡Corre, incauto, si ves su pantano! Los gases son nocivos, ¡de nada sirve taparse con la mano!

Si tras esto, con ellos deseas ir, sigue tarareando la canción en tu cabeza, hasta que puedas venir.

viernes, 8 de diciembre de 2023

El caballero.

 He visto esa mirada antes, yo misma la he tenido.

Sé lo que es debatirse entre los sentimientos y la razón. Cruzar el abismo hacia esa orilla donde debe aguardarte la calma y, realmente, sentirte como un náufrago, desvaído, por todo aquello que tienes que dejar que se hunda en el mar, aunque no quieras.

La arena será bañada por el sol, tarde o temprano, pero ahora solo hay tormenta. La misma que ha hundido tu barco, la misma que va a helarte hasta calarte los huesos.

Sé lo que es sentir que no coincides en el momento exacto, que tu esencia no es suficiente, que lo que ansías se evapora entre tus manos. No lo puedes atrapar porque es un rayo de luna y hay nubes; es intermitente. Cuando, al fin, tu corazón parece retomar sus latidos, debes devolverlo a otro estado fúnebre, como si no fuese ya suficiente tedio del que te acababas de recuperar.

Sé lo que es preguntarse qué aguarda cuando salga el sol, si volverás a coincidir con alguien vivo entre los cadáveres. Si seguirás conociendo a clones, de manera eterna, porque ya no quedan cambiaformas.

Va a ser complejo, no te culpes. No te turbes ante las posibilidades de perder el alma que habías encontrado, porque la que debes encontrar es la tuya. Porque, en el camino de piedras, hay más plantas despuntando, aunque tu mirada se pierda en la infinitud del gris.

Tus sentimientos opacan la claridad, le dan ese matiz nostálgico y tremendista del que parece que no vayas a escapar nunca, pero lo harás.

¿Quién nos iba a decir que nos fijaríamos en ese despunte de verde entre las rocas, hace unos meses? ¿Quién te dice que, a la siguiente, no sea una flor lo que encuentres, en vez de una enredadera?

Tendrás tu flor, y tendrás tu enredadera, a la que volver una y otra vez cuando sientas que vas a caer. Porque eso hacen la enredaderas, entrelazar para que no puedas ver el suelo, dejar sus brazos para que puedas subir a ver el sol, pero el camino es tuyo, caballero, no pierdas de vista eso.

miércoles, 6 de diciembre de 2023

Caronte.

¿Cuánto valdrá mi alma? Me pregunto en la oscuridad, de camino al agua.

Hace días que no la siento, me pregunto si debo de haberla empeñado ya, sin darme cuenta.

En qué punto se haya vuelto todo tan desasosegado, para siquiera notar cuándo la he perdido. Siquiera notar cuándo empecé a sentirme sola.

¿Fueron aquellas semanas? ¿Fue la ausencia, el retorno? O sólo que todo parece estático, y sigo sintiendo que me rodeo de extraños.

Tal vez solo sea cosa del momento. O que esta mochila no ha hecho más que llenarse y, aunque mi corazón no lo quiera, pesa tanto que, a veces, me oprime el pecho y no me deja respirar.

El barquero aguarda mi llegada, no hay nadie más en la costa.

- ¿Cuánto vale mantener esta vida? - le pregunto, pero no obtengo respuesta.

Él sólo extiende la mano, buscando un pago. 

Tal vez no tenga una respuesta o no quiera involucrarse, son las dos caras de la moneda que no he parado de ver, raro es cuando no cae de ningún lado. 

Supongo que debe de haber gente a quién no le importe llenarse de barro por alguien, sólo para que sienta que hay otra persona del otro lado. Supongo, claro, para ello debe ser capaz de entender a la otra persona como una entidad con necesidades distintas, tal vez extrañas, y es complicado ver más allá de uno mismo.

- ¿Qué hay del otro lado? -le pregunto.

El barquero sigue sin responder, sólo mece el agua con una vara y me mira, inquiridoramente.

- ¿A caso importa? -me pregunta finalmente.

Claro que importa, para qué iba a cruzar sino. Para qué iba a arriesgarme a entrar en una nueva oscuridad y arrastrar otra pena, sin saber si el tiempo iba a ayudar en este lado.

El barquero extiende de nuevo la mano. Yo rebusco en mi cuerpo, pero no la encuentro.

- No puedo pagarte, no encuentro mi alma.

Él no baja la mano.

- Dame un fragmento de tu felicidad.

- ¿Y con qué luchó en el otro lado? -le inquiero, desesperada.

- ¿Y si ya lo estás pagando en ese?

Dudo.

- Tengo mis sentimientos -le digo, al fin.

El barquero sonríe.

- Allí vas a seguir teniéndolos -me dice.

Pero él también lo sabe; allí se tendrían que ir.

- No quiero que se vayan.

- ¿Y que quieres?

Dudo de nuevo. El barquero vuelve a tener esa siniestra sonrisa.

- Quiero sentirme vista, querida. No quiero volver a sentirme sola.

- Ya… en ese caso ¿vas a cruzar?

martes, 5 de diciembre de 2023

Anda.

Gritas y las paredes se comen las palabras, como si no pudiesen salir de esta jaula de grillos, nadie quiere escucharlas, ni siquiera tú sabes qué hacer con ellas.

Son piedras en el estómago que te hunden en el río, y estás sola sin poder salir a flote, porque el peso es más fuerte que tú, ni siquiera el afluente se atreve a arrastrarte.

El río está frío. Nadie te va a recoger en una barca y ofrecer una manta, así que tienes que andar, sola, ¿por qué has dejado de hacerlo?

Anda. En las malas, anda. 

Las estrellas sólo brillan de noche, por el día no se las ve, no vienen a deleitarte con su iridiscencia; las tapa un sol que a ti no te alumbra.

¿A qué estás esperando para hacerte ver?

Anda, Alicia, anda.

lunes, 4 de diciembre de 2023

Cansancio.

¿Habrá quién suspire en una melancolía eterna mi ausencia cuando no esté? 

Como si yo fuese un paisaje imborrable, como si el sol hubiese dejado de irradiar al completo toda su luz…

Puede, en los albores del tiempo, que yo solo sea una mancha oscura en un cuadro en blanco. Una de esas pequeñas que molestan a la vista cuando te has percatado de su presencia, porque ya no te dejan contemplar la infinitud de ese lienzo; porque han roto la armonía.

Puede, incluso, que sea un ruido. Una estridencia en una melodía clara. De esas que turban, que quieres que desaparezcan.

Y, al final, ¿quién iba a querer recordar una inconsistencia? Una turbulencia en un viaje, que trae fisuras a la calma.

Estoy mejor del otro lado, del de las palabras rotas y las muecas vacías. El de los encajes, forzados, de los que nadie va a preocuparse porque ayudan a permutar la armonía.

Porque mis palabras son mudas y mis pensamientos esclavos, reticentes, que no quieren ser escuchados.

jueves, 23 de noviembre de 2023

La llegada del invierno.

Ella es como una rosa, de esas que no se plantan en cualquier jardín. 

Estuvo mucho tiempo fuera hasta que conoció al sol. Lo observaba cada día, mientras todavía despuntaba, viéndolo desaparecer, maravillada. Seguía esperándolo aun cuando las nubes lo tapaban y no podía verlo, porque sabía que volvería. Porque ella ansiaba el  momento en que sus rayos la volviesen a acariciar, en que meciesen sus hojas y la impregnasen de ese calor tan especial; ese que a ella le gusta.

Siguió esperando al sol cada día, aunque hubiese llegado el invierno. Ella era una rosa terca y no le importó, siguió activa, esperando sus rayos, aunque ya no consiguiesen devolverle el calor. Siguió fuera, esperando su momento, ese en que el sol volvería a acariciar sus pétalos, pero, casi sin darse cuenta, llegó antes la ventisca y, por muy terca que fuese, no pudo ir en contra de su naturaleza; no pudo impedir que sus pétalos hibernasen.

En medio del hielo pensó que, tal vez, ella se creía una rosa, pero que sólo fuese un florero.

De los que se guardan en el sótano, varios pisos más abajo, porque no te apetece ponerle flores. De vez en cuando lo subes, claro, la casa tiene que estar bonita cuando hay visitas, pero luego... Luego puede que estorbe; es un trasto que requiere espacio allí donde querrías poner otras cosas, encima, tienes que ir con cuidado... un golpe podría romperlo.

Al menos, supuso que debió ser un florero fuerte; rebotó varias veces contra el suelo. Hizo ver sus grietas, pero no se taparon. Trató de cambiar la rotación para que no se viesen, pero, la siguiente caída abrió del todo cada grieta que no se había reparado y terminó de romperlo.

Debió ser un florero de plástico, llegó a recriminarse, de esos en los que el agua resbala y el suelo no apabulla. Pero siempre supo que era de cristal, aunque quisiese parecer otra cosa.

Fue entonces cuando miró su anillo y recordó esa promesa; había olvidado que ella no puede volver a ser un florero... ella es una rosa. 

De esas que viven en un invernadero, donde los rayos de sol se quedan y la calientan siempre. Donde sus pétalos siguen suaves y cálidos, pero también sus espinas. Las que la hacen una rosa; fuerte y frágil.

No es culpa del sol, ¿cómo iba él a cuidar una rosa en medio de su invierno? 

Pero tampoco de la rosa. Si no se iba, el sol iba a seguir su naturaleza, pero ella... ella no.

martes, 21 de noviembre de 2023

Fondo de microondas.

 Quiero quitarme la piel y ver lo que hay debajo.

Como cuando miras un cuadro y creas una concepción de lo que la idea representa para ti, pero el autor ya lo ha conceptualizado y su significado hace que el tuyo carezca de sentido. Luego, ya no puedes mirar ese cuadro de la misma manera, porque ha mutado a tus ojos. Es un nuevo cuadro.

¿Soy yo eso? 

Hoy me siento como una idea inconclusa; todo mi sentido empieza a desvanecerse.

Hoy no me creo todas esas cosas que me repito que soy. Hoy no encuentro a nadie en el desierto. Solo una incoherencia, dentro de otra incoherencia, de otra…

Pero no hay profundidad. Todo es estático y plano en este desierto, no he encontrado ningún hoyo con sombra, aunque hubiese querido que sí.

A veces sueño con un fantasma. Quiere teñir su aura gris, pero no encuentra los colores, no sabe verlos. Yo se los describo y él me describe todos los espectros del gris. Entramos en un mundo distinto a través de los ojos del otro y completamos la visión sin un opuesto en decadencia, solo un hueco lleno. Pero sé que es un reflejo de mi ego, como tantas otras demandas de mi subconsciente.

El espectro de grises hoy me opaca los matices. Puedo ver el fondo de microondas en mis atropellos mentales, puedo ver que dar me desgasta y deja ese zumbido. Un regusto amargo.

Hoy me da todo igual. Mañana. Mañana le pondré un matiz.

domingo, 12 de noviembre de 2023

Festín de tiburones.

El sueño me carcome, pero no puedo dormir.

Supongo que porque ahora, con perspectiva, las ideas son más claras. Tanto que me arden en la cabeza, queriendo encontrar un puerto en el que desembarcar.

Por desgracia, muchos de ellos cerraron y otros, realmente, nunca estuvieron accesibles para este barco, por eso sigo a la deriva, achicando el agua con un cubo, sin conseguir mucho más que conversaciones inexistentes, idealizadas y poco reales.

El barco se hunde. Lleva horas haciéndolo pero no lo consigue. Parece que haya algo en él que lo mantenga eternamente a la deriva, pese a todo.

Las expectativas son como un navaja; cortan la piel hasta las venas y dejan que te desangres, a la espera de un remedio que no ha llegado. Tú misma podías conducir al hospital, parar la hemorragia, pero no lo hiciste, preferiste quedar a la espera de que alguien viese que te desangrabas. Pero ese alguien no llegó. Solo llegaron personas a llenar una copa de tu sangre, se pensaban que la dabas sin recibir nada a cambio, pero, oh querida… es culpa tuya. 

Ponerse en la piel del otro y olvidar la propia, podía resecarla, tanto como para que el filo de la navaja la destrozase y fuese imposible encontrar un remedio sin pedir ayuda. 

¿Por qué no la pediste? Porque no lo entenderían, claro. Es lo malo de la profundidad en los sentimientos, que nadie entiende por qué te desangras, si tenías tiritas para ese corte. Nadie ve que ha llegado a las venas, tal vez porque sus pieles sean más gruesas y la navaja no les afecta, pero tu piel es fina y no lo ven. 

O bueno, tal vez sí, pero sean incapaces de entender el dolor del filo sin haberlo llegado nunca a sentir.

Entonces, te desangras en un barco a la deriva. Qué gran festín para los tiburones.

jueves, 2 de noviembre de 2023

La hipótesis de la llama.

A veces, es difícil.

El silencio ensarta el alma para alguien como yo. Parece que muera a la espera de encontrar a alguien con quien pueda hablar todos estos ardides que queman el interior.

A veces, reflexiono sobre las iteraciones humanas y en cómo cada uno es presa de sus propias necesidades.

Es posible que haya una brecha, inaudita para quien se deleita en el clamor de la sobreestimulación. A mí la sobreestimulación me queda pequeña. Me aburro, pues, si no consigo desentrañarme y desentrañar a otro, si ese otro no me desentraña y se desentraña.

He pensado, más de una vez, que no me gusta ser así. No por mi curiosidad en sí, sino por quedar insatisfecha; por ser una demandante en un mundo de huecos. Por ser tan difícil encontrar a alguien que no se canse de hablar de cualquier cosa a todas horas.

No es una demanda fortuita, de hecho, ni yo misma podría seguir el ritmo de una mente activa sin atrofiarme y descargarme. Tal vez el anhelo resida en no encontrarla y verme tantas veces sola, en un mar de conversaciones vacías y superfluas, que no sé cómo ocupar, cómo seguir...

A veces se me antoja extraño, plantarse frente a alguien que conoces y que el exceso de tiempo sin hablar, más que abrir muchos temas de conversación, para mí los cierre. Estar frente a frente con alguien que percibes como un extraño por el simple hecho de no tener un pequeño interés constante, por no haber conseguido mantener vivo el crepitar de la llama que prendía entre ambos.

La llama se apaga entonces y, cada vez, tienes menos ganas de hablar, porque tu mente curiosa también se ha ido apagando con esa persona y no se presenta de manera natural el compartir una inquietud a ese extraño tan familiar que te devuelve la mirada en busca de algo que contarte también.

Eso me lleva al mismo quebradero de cabeza una y otra vez... ¿a caso me estoy conformando por seguir los ritmos de los demás? ¿a caso soy demasiado exigente cuando tengo la llama prendida? ¿a caso ese fuego no prende en los demás como lo hace en mí?

A veces, siento que molesto al querer hablar. Es una horrible sensación acechante que echa arena a mi llama, que me hace cuestionarme si estoy compartiéndola con la persona adecuada. Que aparece en la cúspide de mi existencialismo, para doblegarme y replanteármelo todo.

E imploro, de nuevo, no ser así. Porque mis deseos entran en contradicción unos con otros, y mis sentimientos, desbordados, sacuden de nuevo mi cuerpo.

Entonces, el final de este quebradero es que creo que iré. Iré a ponerme en frente de un extraño, esta vez uno de esos que no es familiar, y tal vez así consiga saciar esa parte de mí que a veces pide, en un grito silencioso, que necesita ser escuchada para que su llama no se apague.

La hipótesis de la mente.

Soy "buena", no estúpida.

También conozco la naturaleza de las personas y, aunque mi inclinación se recree en la complacencia, no permito que el reclamo de otro sirva de hilos a mi cuerpo, como marioneta.

Donde otro frena. Donde otro rechaza, odia, aprende... yo compadezco. Imbuida en el dolor de su reclamo, yo compadezco y trato de entender. Sé que la maldad humana, intrínseca en nuestra naturaleza, también viene acompañada de traumas, heridas, educación... Otras circunstancias; otra persona.

A veces, yo misma soy la que se reclama frente al espejo:

"¿Por qué eres así?", me susurra mi reflejo.

Bueno, ¿a caso querría ser de otra manera? No, ese no es mi camino. Nunca lo ha sido.

Creo que bondad y maldad se rigen por un hilo muy fino, que ambos conceptos son ambiguos y pueden aplicarse a la mismas cosas y adquirir significados completamente distintos en base a los valores de la persona que los juzgue. Por eso, la moral también la veo como ambigua y no considero que haya un absolutismo en todo.

Tal vez por ello, sea yo más comprensiva, más paciente con las acciones ajenas, menos proclive a reaccionar de la misma manera. También por eso sea más desconfiada, consciente de la dualidad humana, sabedora de que, en esa falta de absolutismo radica la ambivalencia, por ende, una persona pueda sorprendernos al no tener claro su trasfondo. Rompa nuestros ideales; quiebre nuestra confianza.

Ese es otro punto sobre el que suelo divagar tendidamente. ¿En qué se basa nuestra confianza?

En imponer, supongo, sobre otra persona a la que estimamos, nuestros ideales. De amistad, de familia, de amor, de compañerismo. Pero claro, esta es otra dualidad; el significado de una misma cosa varía en cada persona. ¿Cómo estar seguros, entonces, de que un mismo valor, auto impuesto, perpetúa en otra persona?

La respuesta es simple; no podemos. Ni siquiera si nos definen horas enteras de cavilaciones junto a ella, porque la naturaleza humana es mutable y reacciona ante las amenazas. Perder de vista que hay amenazas, incluso en la más "simple" de las cotidianidades, es un craso error... supongo.

Hay algo de lo que siempre he estado segura; el poder de las palabras. El dialecto, creación humana para expresarnos, para comunicarnos y entendernos, es la primera puerta para nuestros fines como especie. Yo misma lo he visto, en mi propia piel, cómo las palabras, dichas de diferente manera por una persona distinta, podían cambiar el concepto que tenía de mí y no reconocerme posteriormente en mis acciones.

Tener unos valores arraigados y fehacientes, sin la capacidad mental adecuada, a veces no sirve de nada. La mente es moldeable y los miedos nos turban, de tal manera que nuestros sentimientos afloran y se pierde el tratado de nuestra conciencia donde radica la esencia de quienes queremos ser, para ser opacados por quienes somos cuando sentimos una amenaza.

¿No es curioso? La mente humana; hermosa y aterradora.