No tengo libretas a mano y parece que la tinta brote por mis dedos.
Hoy aparece el suspiro del tiempo, el murmullo de lo ajeno, la levedad del ser. Me postro en mi coche a la espera de otro paso más, otro ladrillo férreo por la vida que no pienso impedirme vivir.
A veces, la disciplina te tiende un abrazo amoratado para que saques a fuera esa desidia emponzoñada que había encontrado un recoveco en las entrañas del ser; duele, te confronta, te deja desnuda y aun no te gusta tu cuerpo, pero, ¿como iba a gustarte si lo tapas con esas capas de dejadez disfrazadas de excusa?
He dejado que esa ponzoña me quitase las ganas y se llevase mi menstruación, mientras me quitaba el último sueño por cumplir de este año.
Perdóname, Alicia, por permitirlo. Por alejarnos de nuestros sueños solo porque la carretera abrasaba los pies y nos estaba tocando andar descalzas.
Hoy empezamos, y, en unos años… ¿quién sabe? Igual esté aprendiendo lengua de signos para su desarrollo cognitivo y pueda empezar a sembrar magia en una pequeña cabecita que nunca sabrá quién fue su mamá antes de convertirse en la mujer que va a conocer.
¿No es también triste y hermoso eso?
Que conozcamos tan poco de la persona detrás de los errores que tan vilmente juzgamos en nuestras figuras de referencia e idolatremos partes que no tenemos ni una ligera idea de lo que les costó construir… de sus pérdidas y desazones, de sus anhelos y victorias.
¿Quién seré yo para ti? ¿Qué haré mal, qué haré bien?…
La vida es eso a veces, ¿no? Sembrar semillas que no sabes lo que van a llegar a germinar; confiar fielmente en ese proceso.