En el pavor de los devenires ha de encontrarse siempre la confianza en el lo predestinado.
Y, esta vez, lejos de recaer en una narrativa ostentosa y espiritual que alberge una ciega esperanza en lo que, supóngase, deba "ser para mí", creo más bien, en la magnitud con que encuentro que mi cabeza ha resurgido, tras un período tan largo de estabilidad, confortado lejos de mis antiguas creencias que posicionaban el individualismo como la cumbre del ser.
Ahora, veo esas ideas absurdas, y me regocijo en ello, porque siempre he amado contemplarme a mí misma en retrospectiva y ver cómo mi propia cabeza ha ido trascendiendo, evolucionando e involucionando, cambiado de ideas hasta llevarme a lo que soy actualmente.
En el pasado, vanagloriosa, hubiese pensado que he alcanzado la magnitud de mi ser al verme tan fuerte en el presente que vivo, sin embargo, mi yo presente no puede más que saber que, esta versión que adulo, no es más que un fragmento del potencial que tengo si no me dejo adormecer de nuevo en inquietudes que liguen con mis traumas y pretensiones que derivan de todos ellos...
¿Que qué quiere decir todo esto?
Que conseguí tener una salud mental con la que siempre había soñado, lejos de seguir postrada ante inquietudes que, pese a necesitarlas, en realidad, siempre me resultaron mundanas.
Que tengo relaciones sanas, que aceptan las disonancias que a veces presento, con las que puedo ser yo misma sin tener que ocultar ni un fragmento de mi esencia por miedo a ser repudiada por intensa, por sentimental, por compleja...
Que retomé mi libro, porque, en consecuencia de todo ese trabajo, las ideas volvieron a afluir por mi mente, sacando, al fin, ese bloqueo creativo en el que me sumí, junto a mis penas, hace tantos años.
Y que tengo cosas por construir todavía, claro, jamás quise dejar de ser la arquitecta de mi proyección material, solo que, ahora, no las veo de golpe, abrumada por ver tantas metas alejadas de mi misma, sino que las abordo con tranquilidad, sabiendo que, si me ocupo en una, no puedo exigirme ser hábil en las otras, porque es pedirle a mi cuerpo la antinaturalidad de su esencia.
Me vuelvo a rodear de libros, de curiosidades, estudios filosóficos y psicológicos, pero también del ocio que me negaba, por banalizarlo y temer que su influencia me alejase de mi verdadero camino, siendo esta misma acción la que me sumía en bucles eternos y me tenía postrada en la ausencia del hacer, por miedo a decepcionar a la perfección autoimpuesta.
Soy imperfecta y no soy tan lista como me hubiese gustado ser para poder mantenerme siempre impertérrita y haber adquirido todo el conocimiento con el que soñaba, pero, ¿a caso eso importa?
Soy yo, estoy estable, feliz y trabajo en mí misma desde una perspectiva que, hace años, temía que me alejase de lo que quería alcanzar. Porque me aferraba al romanticismo de la bohemia, al pensamiento de que el dolor y la soledad traían el alma del poeta, pero resulta que el alma del poeta siempre estuvo ahí, solo que conseguía sus picos en esas prácticas victimistas sin saber que, en la felicidad, sale de manera menos abrupta, más progresiva, pero también más contundente y estable.
¿Y el eclipse?
El eclipse no es más que una de mis creencias energéticas, que tanto desentonan y se presentan en disonancia con otras de mi creencias, pero que tan bien representan la constitución de mis pensamientos.
Yo creo en que el esfuerzo siempre se va a ver influenciado por sucesos que escapan al raciocinio humano y que, en este caso, me han hecho alcanzar una cumbre sobre mí misma.