miércoles, 7 de octubre de 2026

Tatuajes.

 Mi abuela Rosa tenía Alzheimer.

Recuerdo su habitación junto al pasillo, pequeña, lúgubre y con aquel fuerte olor a orina.

Ella era adusta, de piel morena curtida por el sol y voz grave, potente. La recuerdo con una fortaleza que no conocí, pero que veía a través de los ojos de mi padre.

Yo tenía cerca de nueve años cuando falleció y poca consciencia más allá del reticente sentimiento que me quedó, en una letanía; era una enfermedad que podía heredar.

Esa letanía no se va nunca, porque no tengo recuerdos apenas de mi infancia, adolescencia e incluso en el periodo de mis 20… ya he visto lo que mi mente puede hacer.

Entonces, presa de ese miedo estático, llené mi piel de tatuajes. Cada uno, con un fragmento de mi historia… lo que mi cabeza olvidase no podría hacerlo mi piel.

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