Querido viajero,
Te desgarras el interior en busca de entender qué ocurre, pero no lo consigues. Las relaciones son incendios forestales o desiertos sin agua.
Es fácil, desde fuera, ver a qué te sometes. Es fácil juzgarlo así.
Lo que ellos no sabrán nunca es lo que arde en cada intento de tu ser por encajar entre los suyos, por encontrar a alguien como tú.
No sabrán lo que darás cuando lo encuentres, el miedo que sentirás.
No sabrán los giros emocionales que lleva eso, entre querer estar y el miedo a que te hieran.
No sabrán que, justo por eso, tú serás el que hiera; serás el malo.
No sabrán que, justo después de la ausencia, tus sentimientos no se irán, aunque puedan frivolizarte, porque tú encontraste un alma en el desierto y de eso no se escapa.
Tampoco sabrán lo que dolerá no poder dejar ir, aun en la distancia, aun a sabiendas que, para ti, es relativamente fácil dejar ir. Se aferrarán a ese segundo hecho, sin tener en cuenta que encontraste a otro viajero, y ahí, ese hecho no se cumplirá.
Ni sabrán lo que dolerá cuando lo busques en la casualidad, para encontrarte con una persona diferente a la que perdiste; a la que dejaste ir.
Ellos no saben que esa es la condena de ser un viajero, solo se alejarán de lo que no entienden y tú no querrás arriesgarte a encontrar más viajeros, aunque, en el fondo, los anheles toda tu vida.
Querido viajero, no estás solo pese a que el devenir no nos haga coincidir.
Desde un corazón que también se incendia; esto es para ti.
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