jueves, 3 de septiembre de 2026

Nuestra isla.

Estamos en el suelo del cuarto, la moqueta acoge el peso de nuestros cuerpos plomizos, nos miramos, sombríos, y el mundo parece haberse ralentizado. 

Anoche no separamos nuestros cuerpos al dormir, nunca lo hacemos las raras veces en que aparecen las desavenencias; tampoco lo hemos hecho esta vez.

Ambos lloramos, ¿Cómo no hacerlo? Si nos acogemos cuando lo hacemos, si podemos mostrarnos vulnerables en el pesar de nuestros miedos.

La moqueta es cómoda, tal como Oni siempre nos dice, pero también pica, y reímos. En medio del malentendido, siempre acaban por llegar nuestras risas. Tú nunca encuentras las palabras, esa suelo ser yo, pero, últimamente, las tienes, y yo hace mucho tiempo que dejé de ser ácida cuando tenía miedo; yo sabía que llegarías y trabajé esa versión de mí.

Yo tampoco tengo paciencia, ni soy cálida, ese siempre eres tú, pero, últimamente, también me has enseñado a ser un bálsamo en la tormenta, no sólo una tempestad.

Nuestra desavenencia no ha dejado de doler, pero hemos encontrado, otra vez, la manera de hacerla liviana. Y volvemos a reír, porque hay dolor en no encontrarnos, pero también hay amor al no dejarnos de reconocer en la mirada del otro.

El dolor no ha cejado, pero hay una balsa intermedia, y ambos la hemos acogido como náufragos... No tengo nada que salvar, ni tú tampoco, aquí, tu has traído materiales y yo herramientas. Aquí, podemos construir como iguales.

También hay lágrimas cuando pienso en eso, en que, a ti, no tengo que esconderte quién soy. Tú me ves, intensa, arisca, amorosa, aterrada, llorona, bailonga, feliz... me llevas viendo todo este camino y, entre medias, te desprendes de ideas aprendidas y me enseñas a hacerlo a mí también.

Cuando te conocí, no eras quién eres, tampoco lo era yo. Cuando te conocí, me pediste tiempo para aprender a ser quién necesitaba, y yo te pedí tiempo a ti para poder dártelo de vuelta, porque tú habías olvidado lo que era ser dos con alguien y yo no había conseguido desprenderme del todo de los traumas de mi mochila; tampoco nos forzamos a hacerlo.

Solo nos acompañamos, tú y yo, mientras construíamos la isla.

Hoy, solo quiero decirte que he visto nuestros cimientos desde el suelo y no se han tambaleado... y, para mí, es la primera vez. Quiero decirte que sé que no somos perfectos, pero nuestra isla sí que lo es.

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