lunes, 21 de septiembre de 2026

Viajero.

Querido viajero,

 Te desgarras el interior en busca de entender qué ocurre, pero no lo consigues. Las relaciones son incendios forestales o desiertos sin agua.

Es fácil, desde fuera, ver a qué te sometes. Es fácil juzgarlo así.

Lo que ellos no sabrán nunca es lo que arde en cada intento de tu ser por encajar entre los suyos, por encontrar a alguien como tú. 

No sabrán lo que darás cuando lo encuentres, el miedo que sentirás. 

No sabrán los giros emocionales que lleva eso, entre querer estar y el miedo a que te hieran. 

No sabrán que, justo por eso, tú serás el que hiera; serás el malo. 

No sabrán que, justo después de la ausencia, tus sentimientos no se irán, aunque puedan frivolizarte, porque tú encontraste un alma en el desierto y de eso no se escapa.

Tampoco sabrán lo que dolerá no poder dejar ir, aun en la distancia, aun a sabiendas que, para ti, es relativamente fácil dejar ir. Se aferrarán a ese segundo hecho, sin tener en cuenta que encontraste a otro viajero, y ahí, ese hecho no se cumplirá.

Ni sabrán lo que dolerá cuando lo busques en la casualidad, para encontrarte con una persona diferente a la que perdiste; a la que dejaste ir.

Ellos no saben que esa es la condena de ser un viajero, solo se alejarán de lo que no entienden y tú no querrás arriesgarte a encontrar más viajeros, aunque, en el fondo, los anheles toda tu vida.

Querido viajero, no estás solo pese a que el devenir no nos haga coincidir.

Desde un corazón que también se incendia; esto es para ti.

miércoles, 9 de septiembre de 2026

La excepción que confirma la regla.

Llevo semanas pensándolo, observando mis sentimientos desde fuera, como un espectador.

Sé como soy y nunca me he reconocido en estos sentimientos, porque no se van nunca y eso es extraño.

Desde que te conocí, lo supe, y esa certeza me estremeció las entrañas. Estaba rota por el maltrato de otra persona y preferí ser el villano de otra historia a hundirte en mi pozo, porque no sabía sostenerlo.

No te olvidé, nunca lo hice, y tu canción siguió sonando perpetuamente, diluida en el tiempo. Pasó un año entero hasta que volvimos a hablar sin reproches y me tocó el turno a mí.

Era tu miedo el que me fustigaba por las noches y me tenía en un baile intermitente y, antes de convertirte en el villano de mi historia, me fui con todo ese amor latiendo en las costillas.

Tampoco ahí te olvidé y siempre me resultó gracioso eso, a lo largo de todos estos años. Tú siempre has sido la persona a la que nunca olvido, pese a que siempre tuviste un miedo inmenso a que fuese así.

No lo creíste nunca y yo tampoco llegué a entenderlo, pero era real, estaba ahí.

Me acuerdo de un fragmento de tu carta, ese en el que sabías que en el futuro cambiarían las cosas y llevabas razón, hoy lo he visto y se me acongoja el pecho.

Te veo, y te quiero. Sé que te quiero. Pero no de la manera en que te quise en verano. Eres parte de mí, parte de mi familia, y es imposible que no sienta amor cuando estás cerca, porque nunca he dejado de sentirlo, nunca.

Llevabas razón, el amor mutaría, y te miro sin lujuria ni deseos románticos. Todo eso se extinguió, como en el resto de mis relaciones pasadas, pero tú tienes este amor siempre latente de vuelta, como si fueses mi hermano.

De alguna manera, sigo contemplándote en el futuro. Pienso que conocerás a Iván, que me verás ser mamá y serás tío, que podrás venir a casa a encontrar aquí otro hogar, que traerás a tu persona de vida y la conoceré, que te veré también ser así de feliz. Pienso en que, este amor que siento por ti, es el mismo que sentí por Sandra, y me hace llorar, porque jamás encontré este amor en otro sitio, jamás pensé que podría recrearse, hasta que te conocí.

No sé qué hay de diferente, ¿sabes? No lo entiendo. No se me dan bien las normas sociales, solo aprendo sus patrones, pero yo siempre me mantuve ausente de los vínculos, porque nunca llegaba a sentir aquello que yo consideraba que era querer a alguien. Todo eso se fue con Sandra y luego, llegaste tú.

Es hermoso y triste sentir esto, porque ya no estás, pero no me quitaría ese sentimiento; es uno de mis favoritos. Yo sé que me guardas cariño también, no he dejado de verlo en tus ojos.

Espero que hayas podido verlo tú en los míos.

jueves, 3 de septiembre de 2026

Nuestra isla.

Estamos en el suelo del cuarto, la moqueta acoge el peso de nuestros cuerpos plomizos, nos miramos, sombríos, y el mundo parece haberse ralentizado. 

Anoche no separamos nuestros cuerpos al dormir, nunca lo hacemos las raras veces en que aparecen las desavenencias; tampoco lo hemos hecho esta vez.

Ambos lloramos, ¿Cómo no hacerlo? Si nos acogemos cuando lo hacemos, si podemos mostrarnos vulnerables en el pesar de nuestros miedos.

La moqueta es cómoda, tal como Oni siempre nos dice, pero también pica, y reímos. En medio del malentendido, siempre acaban por llegar nuestras risas. Tú nunca encuentras las palabras, esa suelo ser yo, pero, últimamente, las tienes, y yo hace mucho tiempo que dejé de ser ácida cuando tenía miedo; yo sabía que llegarías y trabajé esa versión de mí.

Yo tampoco tengo paciencia, ni soy cálida, ese siempre eres tú, pero, últimamente, también me has enseñado a ser un bálsamo en la tormenta, no sólo una tempestad.

Nuestra desavenencia no ha dejado de doler, pero hemos encontrado, otra vez, la manera de hacerla liviana. Y volvemos a reír, porque hay dolor en no encontrarnos, pero también hay amor al no dejarnos de reconocer en la mirada del otro.

El dolor no ha cejado, pero hay una balsa intermedia, y ambos la hemos acogido como náufragos... No tengo nada que salvar, ni tú tampoco, aquí, tu has traído materiales y yo herramientas. Aquí, podemos construir como iguales.

También hay lágrimas cuando pienso en eso, en que, a ti, no tengo que esconderte quién soy. Tú me ves, intensa, arisca, amorosa, aterrada, llorona, bailonga, feliz... me llevas viendo todo este camino y, entre medias, te desprendes de ideas aprendidas y me enseñas a hacerlo a mí también.

Cuando te conocí, no eras quién eres, tampoco lo era yo. Cuando te conocí, me pediste tiempo para aprender a ser quién necesitaba, y yo te pedí tiempo a ti para poder dártelo de vuelta, porque tú habías olvidado lo que era ser dos con alguien y yo no había conseguido desprenderme del todo de los traumas de mi mochila; tampoco nos forzamos a hacerlo.

Solo nos acompañamos, tú y yo, mientras construíamos la isla.

Hoy, solo quiero decirte que he visto nuestros cimientos desde el suelo y no se han tambaleado... y, para mí, es la primera vez. Quiero decirte que sé que no somos perfectos, pero nuestra isla sí que lo es.