Un minuto de ceniza, eso es lo que pondría en nuestro epígrafe, porque es lo que precede a la intermitente ruina de nuestra muerte.
Al eterno ciclo de desavenencias que traen nuestros reencuentros. Un minuto de ceniza por las veces en que nos hemos inmolado por creer que sabíamos qué era lo mejor para el otro, y solo le veíamos arder en el fuego que habíamos creado.
Un minuto de ceniza por el fin de esta era, por el fin de nuestra historia, por el comienzo que, tal vez, nunca debió ocurrir. Y en ese silencio que no quepan más lágrimas, que ya se han desvanecido todas con la ausencia del alma.
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