lunes, 25 de septiembre de 2023

La hipótesis del hueco.

 Resuena, cuando le das forma, este hueco en mis intestinos. Parece que esté forjado de todos los recuerdos que jamás creé contigo.

Te veo sonreír y se me llena el pecho de júbilo. Parece que el sonido de tu risa todavía curva mis labios.

Me pregunto qué sentirás cuando piensas en el pasado. Yo siento unas gafas dobladas por uno de esos abrazos tuyos mal dados. Una carcajada por un pedo entre lágrimas, cuando me confesaste qué ocupaba tu corazón. Un madrugón por una ducha caliente, un apodo tonto que nos debiese unir para siempre...

Cuando la gente no me conoce, suelen verme como una persona transparente, feliz, de grandes diálogos y pocas ganas de callarlos. Las personas que me rodean me ven más bien hermética, de tristeza retenida, tapada con humor, evasiva, poco accesible y de conversaciones intensas.

Me gustaría contarte que soy ambas. Todo yace en mí, desde el punto más álgido de felicidad a la hondonada más oscura de tristeza. Todo soy yo,  todo me permito ser. Una naturaleza doble, subyacente en promesas, traumas, esperanzas y sueños.

Me pregunto cómo me verías tú si volviese a postrarme ante tus ojos, si pudieses ver en qué me he convertido.

En nudo está en mi garganta. La nostalgia me acompaña esta noche, pero viene aderezada con toques de felicidad. Me alego mucho que encontrases tu lugar allí donde fuiste. Espero que a ti nunca te pesase mi  ausencia, como para escribirme un martes de madrugada, embriagada de existencialismo.

A veces, siento que me gustaría desprenderme de ti. De ti y de cada persona que, de verdad, rasgó mi interior. Me gustaría querer de otra manera, que me costase menos dejar entrar y más dejar ir, porque no paro de leer que la vida es eso. Pero yo nunca quise ser una de esas personas sin brillo en los ojos.

Y no es que yo me ancle, no creo que sea para nada eso, solo es que no puedo repetir el amor, porque es un sentimiento tan puro, que no nace de cualquier manera, no nace con cualquier persona.

(...)

Tengo la teoría de que cada vez quedan menos huecos por crearse en el interior, porque la mayoría ya están ocupados por quienes nos marcaron de verdad y ya no nos acompañan. 

En esta teoría divago sobre el origen de la creación de un hueco y el peso que pueda tener en su portador. Sobre las personas que son conscientes de que los portan y quienes son incapaces de verlos.

Postulo porque los huecos significativos los crean personas que han sido realmente especiales y eso, eso es complicado. Veras... hay personas que creen que otras son especiales por el mero hecho de coincidir en su camino, de que se den coincidencias altamente improbables entre ellas o porque, tal vez, les resultes extrañas, diferentes, admirables...

No quisiera entrometerme yo en aquello que cada persona fija como su propio faro de Alejandría, solo que lo considero una manera simplificada de entender el significado de la importancia de un vínculo.

He visto grandes sentimientos alzados al viento, que se han evaporado a la primera ventisca. Curiosamente, suelen ser aquellos construidos en los castillos de naipes, al idealizar un vínculo en primera instancia, justamente por eso... por la magia que residía inicialmente en un encuentro.

No es que no tengan relevancia estos factores, al contrario, pero no creo que sea ese el material primario de un vínculo. La esencia reside en las tempestades y en cómo te hace sentir una persona.

Cuando quiero conocer realmente a alguien, sí es cierto que algo ha llamado mi atención. Pecaría de hipócrita si afirmase que no me atraen las personas extrañas, que parecen estar a medio acabar, que suponen un reto, que no parecen haber nacido para este mundo. Me gustan porque comprendo esa parte suya que no encaja; yo también cargo con una parte mía que no encaja.

Pero esas personas, suelen llegar e irse con la misma inconstancia.

Mis personas importantes rara vez cumplen ese patrón. Al final, todos tenemos fantasmas, no es algo especial descubrirlos en alguien. Lo especial es descubrir un corazón.

Cuando un corazón te habla, en tu interior resuena un hueco. Es como si tu cuerpo sintiese que ha dado con un hogar y se preparase para crearle una estancia, solo que es un proceso largo, mucho más allá de un salto de fe.

Un corazón te habla cuando ves tu misma chispa en los ojos de otra persona al contarle aquello que te hace feliz o te turba. Cuando hay lugar para el "yo" y el "tú", de tal manera que convergen, se unen y separan. Cuando alguien se esfuerza en entender y cumplir tus necesidades tanto como tú te esfuerzas en entender y cumplir las suyas.

A veces, nos rodeamos de personas durante años, pero nunca han creado un hueco. Hay personas que lo saben, porque interpretan los silencios, y necesidades para consigo mismas, y saben del no tan extraño ser pasajero que les acompaña. Pero la mayoría no. La mayoría creen que el tiempo es el forjador de huecos, sin saber que la esencia no reside ahí.

He compartido años con personas que un día se fueron y mi cuerpo nunca las quiso de vuelta. He compartido mucho menos tiempo con otras cuya esencia, extraída con el dolor de su ausencia, creó un hueco.

Lo sé. Hablo sin hablar. Es complejo explicar qué cataloga a una persona hogar. Yo siempre digo que nacen en las tempestades, porque es ahí donde ves la verdadera naturaleza de una persona. Quien pasa una tempestad y ningún barco ha naufragado a su lado, si nadie ha vigilado su naufragio desde el faro o desde el mar con un pequeño equipo de rescate y poca fe en poder utilizarlo, es que está realmente solo. Tal vez porque que sólo había un interés común, un punto de unión cuyo origen pudiese ser realmente "mágico" o largos años compartidos y mucho miedo de tirarlos por la borda.

Cuando alguien hace latir tu corazón en medio de esa tempestad, porque sabes que, cuando la pases, te esperará en algún punto de camino (si no ha saltado al agua contigo), es ahí donde tu cuerpo crea un hueco.

Por desgracia, los huecos con cada vez más escasos. Los cuerpos ya no se preparan para crearlos. ¿Para que llenarlos de una esencia que puede desvanecerse si muchas otras esencias pueden rozarnos la piel y ocupar el lugar de quienes se han ido? Como en un ciclo constante, sin descanso. Para que el cuerpo no note esa ausencia de dopamina.

Las personas son carcasas vacías. Pocas esencias radican en sus interiores o pocos huecos. Son efímeras, interesadas y se esfuman previo a que algo les importe de verdad. La sociedad crea narcisistas con los que pasar un rato de júbilo, entrena a las mentes para ello. Seres de ojos opacos, sin brillo, que se nutren de fingir felicidad cara al resto de narcisistas.

¿Cómo alguien iba a querer abrir un hueco en una sociedad de personas sin alma que, probablemente, quieran nutrirse de la tuya?

Supongo que desandar mis pasos aquí sea lo más correcto.

domingo, 17 de septiembre de 2023

La hipótesis del abismo.

Ha mirado fuera de una misma y no ve nada.

Se desconoce en los ojos que le devuelven la mirada, tal vez porque no comprende las realizaciones de esos ojos, distantes y cercanos.

Trata de mudar de piel, viste un nuevo traje. Pero sigue adornando ese traje con sus gafas de cristales tintados.

El abismo ha cambiado. Lo nota. No es el mismo que le ha devuelto la mirada durante tantos años.

En el fondo, ya no ve el caos, ahora escucha el eco de un tambor, profundo, retumbar de manera sosegada.

Ahora, el caos solo permanece adherido a su piel. Y no le sirve. Siente que ya no le sirve.

Su alma vibra, resuena por si misma. Ya no necesita que el abismo la absorba para rehacerla, sabe coger los fragmentos y utilizarlos. Hacerlo sin el caos.

Se quita la piel. Ya no es cuestión de cambiar de muda, es cuestión de dejar sus cicatrices a un lado.

El caos es astuto, en parte, todavía se adhiere a su cuerpo despellejado. Pero ya no es lo mismo. Ese cuerpo ya no es suyo, ya no va a hacer lo que quiera de él.

La viajera está bajando de nuevo al abismo, pero, esta vez, es diferente. 

Ya no espera perderse en sus profundidades. Mantiene a raya la oscuridad; tiene que ser parte de su luz, no una piedra en su mochila.

El abismo es claro esta vez, porque su luz nunca había brillado con tanta fuerza. Eso le aterra.

La luz, a mayor visibilidad, más sencilla es de robar, de mancillar; de apagar. Tiene miedo, no quiere que se aprovechen  de su luz.

Pero el abismo es claro ahora. Entre el eco del tambor, escucha a su voz susurrar:

- Hasta donde llegues. Esta vez, sin perderte.

Sus palabras, livianas, suenan sencillas, pero ella tiene bagaje. Sabe los pedazos de alma que ha perdido, reclusos, entregados a otras personas que los destrozaron.

- ¿De qué tienes miedo?

Susurra el abismo. Y qué absurdo se le antoja a ella. Como si no fuese más que evidente.

Tiene miedo de volverse a perder. De entregar sin recibir. De ayudar a sanar y volver a enfermar.

El abismo ríe: sus miedos le parecen insignificantes.

- Ahora, ya no vistes el caos. Sabes dónde parar. Si te pierdes, sabrás anteponer tus necesidades. Que el miedo no te quite la oportunidad de conocerle. Que tu templanza no se vaya antes de tiempo.

La viajera duda:

- No conozco esta parte del camino -le reconoce-. Nunca antes he andado con nadie de esta manera.

- ¿Y tan malo es eso? Igual, por eso este sea el camino que debas seguir.

- ¡Pero no sé seguirlo!

Trastabilla y resbala. Cierra los ojos con fuerza. El caos se adhiere a su pecho, lo oprime. Es ahí donde más daño puede hacer; lo sabe.

La viajera se aferra a las rocas. Va a volver a subir. Siempre lo hace.

- Tú llamas al caos.

Susurra el abismo.

- ¡¿Y cómo dejo de hacerlo?!

Grita ella, desesperada. El abismo aguarda, antes de preguntar:

- ¿Cómo sabes que vas a volver a subir?

- Porque siempre lo he hecho.

- Eso no quiere decir que vayas a volver a subir. No conoces el futuro.

- Pero confío en mí. Sé que lo haré.

- Pero puedes estar equivocada.

Pero es un riesgo que asume, ¿quién sería ella si no luchase?

El abismo ríe; ha escuchado sus pensamientos.

- Una persona adormecida por el miedo, por el caos. Eso serías. Eso estás siendo.

- ¿Y si sale mal?

- ¿Y si sale bien y tu miedo te lo impide?

La viajera ríe. Se siente pequeña. Estúpida.

El nuevo camino es hermoso y el tambor que retumba, que le aguarda a lo lejos, que le apacigua, es de él. Pero tiene tanto miedo como ella; también tiene caos.

Ella sabe de sobra lo que es eso. El caos le ha aferrado el pecho toda la vida, le ha hecho alejarse de lugares en los que quería permanecer, le ha hecho aislarse.

Si el tambor que escucha se apaga, si también se deja dominar por el caos, ella no puede hacer nada. Su bondad tiene que tener un límite, pero este límite no debe marcarlo su propio caos. Es algo que ahora sabe.

Este límite debe marcarlo ella, cuando vea que se pierde en el camino nuevo y no tiene vuelta atrás. No antes de haberle prestado su luz, no antes de haber llegado al tambor e iluminar juntos las tinieblas.

domingo, 3 de septiembre de 2023

Mi mochila.

Me llamo Alicia y tengo 29 años.

Cuando era pequeña, mi clase, de ocho personas en total, se regía por dos grupos. Cuatro chicos, cuatro chicas y un líder en cada uno de ellos.

La líder de las chicas tenía una mejor amiga a la que manipulaba para que hiciese lo que ella quería, y al resto, nos trataba como si fuésemos basura. Éramos los animales o los chicos en los juegos de chicas y, cuando mi mejor amiga, Sandra, no pudo aguantar más y se cambió de colegio, me tocó enfrentarlo sola.

Los chicos me pegaban cuando a la reina de las chicas le parecía bien. Para evadir, me apuntaron a patinaje, donde se metían conmigo por no saber patinar. También se metían conmigo por ser hija de un pescatero, por ser alta y por llevar gafas.

Cuando me apunté a la falla, presenté a las amigas que hice a las amigas de mi clase. Yo siempre he sido cabezona y no me dejaba mangonear. Eso no le gustaba a una de las chicas, que decidió que era mejor que nadie me llamase.

Una de mis amigas vivía en mi patio. La oía bajar sin tocar mi puerta, como si yo no fuese lo suficientemente importante como para tenerme en cuenta.

Cuando llegaba a casa, era mi padre quien me aislaba de ese mundo. Quien entendía que, a quienes llamaba amigas, me hacían daño, pero yo les quería igual. Mamá me reñía, creía saber siempre qué era lo mejor para mí, olvidando que apenas tenía diez años y para mí era normal eso que ellos conocían como bullying.

En el apogeo de esa tristeza, falleció nuestra perra familiar; Canela. Me desperté un domingo porque mis padres discutían. Ella estaba allí, frente al balcón, espumando por la boca. Es el último recuerdo que tengo de ella. Yo tenía diez años y fue mi primer contacto con la muerte.

Mi abuela Visita siempre decía que no hay que llorar por un animal, porque la vida te trae una muerte peor. Yo estuve un año llorando a Canela, hasta que la regla de mi abuela se cumplió…

El recuerdo que tengo de Papá es como un bálsamo. Él y yo veíamos películas y series de super héroes juntos. Leíamos en la cama y compartíamos anécdotas. Comíamos helados todos los viernes, era nuestro pacto inquebrantable. Bajábamos al quiosco y pedíamos dos, de esos que solo viene congelada la nata y se deja caer con una máquina sobre un cono de barquillo. Luego, subíamos a casa a ver héroes; esa era nuestra religión.

Tal vez fuese otro de los motivos por los que me hacían bullying; me llamaban mimada y llorona, porque mi padre me recogía en su burbuja de frikismo cada vez que las cosas se torcían.

Falleció a la edad en que empezaba a darme vergüenza que existiese. Tengo recuerdos amargos clavados como estacas que, por más que los escriba o abra del todo mi corazón, no dejan de hacerme llorar.

Recuerdo su famélico cuerpo consumido por el cáncer, de patas finas y barriga hinchada, pegado a una máquina de oxígeno.

Recuerdo el día en que, viendo una serie juntos, cogió el último kiko de mi mano, el más grande, el que había estado guardando todo el tiempo, y se lo comió. Mi acto reflejo de niña estúpida fue coger un berrinche y pegarle puñetazos y patadas. A él. A quien me sacaba de la tristeza. A su cuerpo débil. Por un kiko.

Recuerdo no querer que me acompañase en la presentación de fallera porque me daba vergüenza cruzar con mi padre una pasarela. Sin saber que era su último año y que quería tener esa experiencia conmigo.

Recuerdo ver cómo un médico venía a casa y le clavaba una aguja enorme para sacar el líquido que le encharcaba los pulmones. También recuerdo ser yo la que le midiese la diabetes, pinchar su barriga llena de moretones porque en casa no se atrevían.

Le recuerdo a él, en la mesa del comedor, con las manos de mi madre entre las suyas, diciéndole que era el amor de su vida. Diciéndole que tenía que ser fuerte.

Sobre todo, recuerdo su último día. Porque cuando mi madre y mi hermano se fueron al hospital, yo preferí quedarme en casa, en el ordenador. No me despedí de él. Ya no le volví a ver.

Por eso nunca he querido que su dolor se vaya. Me recuerda que lo merezco por lo que fui. Por lo que no valoré y perdí.


Cuando se fue, mamá empezó a tomar antidepresivos y se perdió en el camino. Olvidó que tenía dos hijos pequeños y una casa que sacar adelante. Mi hermano tenía dieciocho años y el mundo se le caía encima entre el infierno en que se habían convertido nuestras cuatro paredes, así que, casi no pasaba tiempo en casa.

Yo me quedé sola, aislada del mundo. En mi cuarto, con mis juegos. Sin que nadie me sacase de casa, me dijese que todo iba a estar bien, me demostrase que me quería.

Rajaba mis brazos con cuchillas de afeitar. Sentía que quería irme de aquel infierno, pero, a la vez, no quería hacerlo. Y el dolor que sentía en mis brazos me calmaba, porque me hacía sentir que era real, que estaba viva.

Mis amigas me habían dejado aislarme. Rara vez venían a verme y, cuando volví a salir a la calle, mi mejor amiga, Sandra, había hecho una nueva mejor amiga.  Yo estaba fuera de ese ruedo.

Nuestra amistad siempre fue intermitente, pero se afianzó en el instituto.

No fue una etapa mejor, porque yo tenía depresión y me ocultaba tras el humor; las lágrimas del payaso. Pero, cuando llegaba a casa, la pesadilla se tornaba nítida de nuevo  y era Sandra quien me sacaba de ella, quien se había convertido en una hermana para mí.

El bullying mutó, y pasé de ser la excluida a ser la rarita, la fea. Tengo grabados insultos y canciones en la cabeza que no se irán jamás. Que hicieron que, llegar a quererme y aceptarme fuese tan complejo que, aun a día de hoy sigo sin querer salir en vídeos o fotos, sin querer ver mi nariz.

Sandra estuvo allí. Fue mi abrigo en las noches de frío. Fue quien me ofreció su disonante casa, con bastantes más problemas que la mía, como si fuese una más.

Recuerdo ir llorando en noche vieja a su casa, en plena noche mientras sonaban las campanadas. Yo había vuelto a discutir con mamá. Una de esas discusiones en que me tiraba del pelo hasta el suelo. En que me decía que me fuese por ahí a que me follen y en la que yo le decía que prefería que se hubiese muerto ella a papá.

Recuerdo a su madre decirme siempre que yo era la verdadera amiga de su hija, "la niñera" de la perra y no la "come galletas" por la que me había cambiado una vez.

Recuerdo ver películas con sus hermanos, de nuevo, como una más.

Sobre todo, recuerdo cuando me partieron el labio por accidente. Me lo cosieron y no lloré. Cuando me preguntaron si necesitaba algo, yo lo tenía muy claro: Sandra. Y la sacaron de clase para que viniese conmigo. Rompí a llorar al verla, me refugié en sus brazos. Nunca jamás podré olvidar aquel momento, porque sentí, de verdad, que yo tenía un hogar.

Sandra creció con las inquietudes del resto. Ella salía de fiesta, quedaba con chicos y yo... Yo me quedaba en casa jugando a la play, leyendo, dibujando o durmiendo. 

El mundo se empezó a abrir entre nosotras, hasta el punto de que me olvidase, de ya no tirarnos cuatro horas al teléfono, de perder nuestros viernes de pizza.

Escribí una entrada, en este mismo blog, y ella la leyó. Fue el inicio del fin porque, a partir de ahí, por inmadurez y orgullo, no pudimos entender los sentimientos de la otra y dejamos de ser amigas.

Tardé siete años en dejar de llorar por ella. Nunca pude volver a tener una mejor amiga. Mi corazón quedó cerrado a cualquier chica hasta que, el año pasado, llegaron Celia y Ana.

Aslan llegó a mi vida justo antes que Sandra se fuese. Fue el intento de mi madre por sacarme de la tristeza. Fue el intento más bonito. Mi escucha, mi faro de Alejandría. El motivo de mi lucha eterna.

El fin de esa historia está en este blog, al igual que mis heridas de amor.


Me llamo Alicia, tengo 29 años y este año he dejado atrás casi toda mi ansiedad social. He conseguido dejar entrar, aunque poco a poco, a gente nueva que se ha convertido en un pilar. 

Mis heridas emocionales han seguido latentes, han seguido llamando al miedo, han seguido haciendo que, confiar en la gente, siempre sea un salto de fe. Aun así, no dejo de hacerlo. No voy a dejar de hacerlo. 

Esta mochila pesa, pero nunca me ha impedido amar a quienes entran, aunque se hayan terminado yendo o los haya echado. Me hace ir más lento, pero no me impide caminar.

Es una mochila que asusta, que provoca compasión, que hace que la gente cambie la manera en que me mira. Por eso me cuesta compartirla, porque yo no soy sólo mi pasado. 

Yo soy muchas otras cosas, entre ellas; mi resiliencia.

sábado, 2 de septiembre de 2023

Petricor.

Las coincidencias no existen. Todo me está llevando a ti.

Mi alma sabía que iba a llover, o tal vez me esté volviendo loca.

Petricor, petricor...

El olor que acompaña la lluvia, recorriendo, suave, fresco, mi sistema respiratorio. Qué mágico es algo tan simple. Qué puro es algo tan simple.

La lluvia de hoy me apacigua, ha sacado al miedo por un momento. Las cosas no cambian, no dejo de ver esta tediosa incompatibilidad, aun así, estoy serena para pensar en ti con dulzura. Para pensar en ti a través de la lluvia.

Me está calando sin rozarme, al igual que lo estás haciendo tú en este momento. 

El olor me mece, nos transporta a ambos a la nada, en medio de las gotas. Veo tus ojos brillar con fuerza, como cuando me cuentas algo que te apasiona. Me dicen que también te has alegrado de conocerme, aunque solo sea una pequeña parte; esa que va a ser siempre tuya.

Tengo el corazón preso, hecho un amasijo de vacío, descompasado. Quiere gritarme que él manda, pero hace muchas malas experiencias que no lo hace.

Yo sé lo que valgo, lo que merezco, lo que necesito. Y también sé que eres puro, que eres bueno, que me quieres a tu verdadera manera, que tal vez sea esta que ha salido al disiparse un poco la intensidad.

Yo no tengo una manera distinta de querer. No soy de términos medios en el amor, siempre voy con todo. Me cuesta que alguien entre al interior absoluto, es una construcción lenta y de mucho interés, no de un mes, ni dos. De muchos más. Mucho tiempo rasgando, amueblando, afianzando mi confianza.

Una vez alguien entra, es difícil que salga, aunque decida no estar en mi vida. Si sale fácil, es que nunca llegó al núcleo, o que fui haciéndole retroceder, capa a capa, para poder dejarlo marchar en paz.

Soy así, de pocas personas que me importen, pero por las que sacrificaría mis necesidades porque sé que es tan recíproco y mutuo, que no tengo miedo en comprender y aceptar los biorritmos y altibajos. 

Pero para eso, para eso necesito construir. Para querer con el alma, hay que tocarla muchas veces, desde el interior, desde las deconstrucciones, desde las cenizas de las desavenencias, porque es ahí donde se conocen realmente las personas, y no desde esos hermosos páramos de las similitudes, sin salir nunca de la zona de confort.

Petricor, petricor...

Hoy somos nosotros todo lo que se mueve en mi pecho. Porque lo entiendo y lo acepto. Te quiero como para que no te vayas, te quiero para darte mi amistad una vez se haya pasado el duelo.

Porque eres especial, qué raro que diga eso... Siempre soy yo la que se cree especial.

Eres diferente, como una extraña reliquia y hoy, de alguna manera que ni yo comprendo, percibo el dolor del que me has dado pocos matices, pero que siento que anida en tu interior.

Hoy entiendo mejor tu duelo y tus miedos, hoy son míos también. Son míos, como para no querer dejarte solo nunca, como para ser una vela en tus tinieblas.

Sólo déjame decirte cómo me siento, déjame escuchar cómo te sientes tú. Sólo dejemos los miedos a un lado y entendámonos, por difícil o distintas que sean nuestras maneras de sentir. 

Déjame hacer el duelo y volver para no irme nunca.

jueves, 31 de agosto de 2023

Corazón dentado.

Va a doler un tiempo aquí dentro, en el enmarañado latido que has dejado. Una larga temporada de volver roca lo que has hecho fuego.

No sé cómo empezar a sacarte, no sé cómo dejarte ir. Pero hay cosas más importantes que los sentimientos, eso es lo que me gustaría decirte.

Echo de menos quien fuiste al principio, esa luz tan cálida, tan atenta, que parecía irradiar en mi presencia y no querer dejarme ir. Pero siempre sentiré que, de alguna manera, debí apagar, porque su intensidad decreció poco a poco y en menos de un mes, pasamos de no vivir sin el otro a tener que pedirte los buenos días.

Se me sigue haciendo raro. Seguiré pensando que mi corazón sabía que te esperaba, por eso sigue sin tener dudas de lo que siente. De que eres tú y vas a serlo mucho, mucho más tiempo. 

Pero esta vez... esta vez mi cabeza no ha abandonado el barco. Se empeña en reafirmarse; le quita el mando al corazón. 

Me dice que no leerás esta entrada, así como casi ni leíste las otras. Me dice que, en las desavenencias volverás a irte, sin avisar, y me dejarás sola en un mar de ansiedad y nauseas, me darás otra ración de ghosting y pocas ganas de querer arreglar las cosas.  Me dice que yo no iba a pasar jamás de esa primera fase en la que nos conocimos, que siempre iba a tener ganas de verte, de hablar contigo, de enseñarte mi interior, pero que las tuyas habrían continuado menguando y generándome ese debate entre querer regalarte la luna o adaptarme a esa nueva etapa más relajada, de "pareja de mucho años", que tanto me hubiese gustado que tardase, al menos, un año en llegar y no solo unas semanas; hubiese dado todo mi ser por no salir nunca de nuestras dos primeras semanas.

Supongo que no estaba preparada para relajarme. Que tengo todo este amor guardado y necesito un disparo del mismo calibre para que mi corazón pierda los dientes. 

Y tú ya lo habías disparado... ¿por qué has dejado de hacerlo?

domingo, 20 de agosto de 2023

Lo que tú eres.

Si te tienes que ir, si es lo que decides en tu fuero interno, no creas que vas a hacerlo por completo. 
Vas a hospedarte aquí, en este quemazón que mutará con el tiempo y te recordará como mucho más que un breve amor de verano.

Porque tú no eres eso, tú eres muchas más cosas...

Eres un hogar cuando tus labios rozan mi frente y tus manos aprietan con fuerza mi piel, como si temiesen por un  momento que fuese a escurrirme y no volver, como si no supieses que, desde que te conozco, no hay otro lugar al que haya querido ir.

Eres un amigo, al que puedo sorprender con alguno de mis chistes malos, el que observa, perplejo, cómo me descoloca y anima con un humor ácido y serio. Como si no acabases de creerte que hablamos el mismo idioma.

Eres un escucha, quien se ha adentrado muy rápido en medio de mis anhelos, de mis sueños, de mis inquietudes, pero también de mi oscuridad. Como si no temieses que nuestros demonios se encuentren y bailen.

Eres un maestro, quien me ha enseñado sus manías, sus pautas, su manera de ser y de tratar. Quien me ha instruido en la paciencia, en la belleza de un momento tan simple y complejo, como puede ser cocinar. Como si el tiempo fuese infinito y pudieses emplearlo todo conmigo.

Eres un amante, cuando nos unimos y formamos uno sólo, cuando nuestros cuerpos se acompasan entre risas y el tiempo pasa en un suspiro. También cuando apoyo la cabeza contra tu pecho y puedo oír tu corazón, a veces nervioso, a veces sosegado, pero siempre puro, como un cálido fuego en una noche de invierno.

Eres una caja de sorpresas, cuando me cuentas con fervor tus historias, cuando me hablas de tus gustos, de tus pasiones, tus inquietudes y deseos. Como si no tuvieses miedo a mostrarte ante mí tal cual eres.

Eres un alma gemela, cuando ahondamos en el otro y seguimos descubriendo todas aquellas cosas que nos unen, que nos diferencian del resto... También un opuesto, cuando actuamos de maneras tan distintas a las mismas adversidades. Como si realmente existiesen esas antiguas leyendas y acabásemos de encontrar el final del hilo.

Eres un enigma, cuando se dan nuevas situaciones y no te entiendo, y temo. Cuando lo asentando muta y me atraganto en una espiral, sin saber qué hay del otro lado, si un abismo o unos brazos que van a recogerme si me esfuerzo para cruzar y descubrirlo. Como si, por un momento, fueses una persona distinta.

Eres una buena persona, lo sé por cómo hablas de la vida, de lo que te hace feliz. De tu pasado y tus emociones, de tu familia, de tus gatos... Como si tu alma estuviese siempre presente para perpetuar los valores que tan bien te definen.

Y es que eres eso, un alma en un mar de cadáveres. Una oscuridad con luz propia. 

Y yo... yo siento que me quedo en la puerta, con unas garras aferrándome los tobillos y un ramo de flores mustias entre las manos, añorando el poder seguir compartiendo lo que muestras, descubriendo lo que ocultas, lo bueno, lo malo...

sábado, 19 de agosto de 2023

El problema.

Creo que es cuestión de necesidades, de biorritmos.

Puede que el problema resida en que los hay que asientan con un pacto y también los hay para quienes un pacto es solo un inicio, un punto de comienzo sobre el que construir y no sobre el que confiarse.

No creo que el problema sea los niveles de intensidad, no cuando se ha empezado desde el mismo punto de partida. Creo que pueda subyacer, más bien, en las costumbres.

Yo no imploro al Demiurgo, no para esto. Y voy a desear hacerlo cada día que pase en esta nueva dirección, pero no lo haré porque sé que la esencia reside en la reciprocidad y no en desvivirse, eso sería insano.

Los gestos nacen de la complicidad, la complicidad se crea. Tal vez, en la rapidez se haya creado una falsa sensación de la misma, en la que uno siente asentamiento y el otro desconfianza.

Yo lo veo como una montaña rusa. Una explosión intensa que no se ha mantenido en el tiempo.

Igual es que yo soy muy exigente, o igual es que he tomado por costumbre el inicio y ahora temo al ver carencias. Temo, porque no confío, porque no conozco y porque siento que el decrecimiento de la explosión debería haber sido más tardío.

Temo porque no puedo confiar en la inconstancia, cuando todavía no conozco lo que reside en el interior. Porque me duele sentir que ha sido suficiente con "tenerme", cuando para mí era el inicio de la construcción y no el asentamiento absoluto de la confianza.

Porque todo esto son mis sentimientos, mis sensaciones y quemazones, pero desconozco los procesos subconscientes que acontecen del otro lado, y no comprender da espacio a la imaginación.

Creo que toca relajarme, porque veo que me adentro en un camino que me lleva a la perdición y no quiero cruzarlo, no si siento que lo voy a cruzar sola, como siento que lo he cruzado estos días.

Sé que estoy preparada, ese no va a ser el problema. El problema siempre va a ser que mis sentimientos florecen en la confianza y la constancia, ya no se fían solo de las palabras.

viernes, 18 de agosto de 2023

Querido mendigo.

Te echo de menos cada vez que transito sola el laberinto. Tu ausencia es pisar la nieve desnuda; cala los huesos.

Entenderte es simple y complejo a la vez. 

Cuando ensalzo tus sentimientos, puedo abrazarte en la distancia, puedo ver nuestra promesa pasar lentamente y esperarte en el vaivén del tiempo, sin prisa, dándote el espacio que necesitas.

Cuando ensalzo mis sentimientos, mis muros mentales me aplastan sobre un quebradizo suelo de cristal. Y yo trato de que no se rompa, pero su superficie es tan frágil y quebradiza que apenas el ruido hueco de uno de mis latidos descompasados lo rompen.

Te echo de menos cuando quiero enrevesar mis palabras y que estas encuentren el temple de un adversario que les vaya a oponer resistencia, que vaya a enrevesarse con ellas hasta crear una espiral de complicidad e insultos.

También cuando mis sentimientos me hacen implosionar y nadie escarba hasta encontrar la raíz. A veces, mis conversaciones caen en saco roto y me hacen pensar que no soy una persona fácil de tratar cuando aparece mi esencia. Luego recuerdo tus ávidas palabras acompañando a las mías y siento que no hay problema en la profundidad de mi alma, solo pocas personas que, como tú, puedan conversar con ella.

Te echo de menos cada vez que pienso en algo que me apetece hacer y dejar de hacer por hablar. Que pienso en que prácticamente nadie es capaz de hacerme reír y llorar en una misma frecuencia, y recogerme con calidez en ambos afluentes. Que pocas son las personas con las que vaya a dejar de ocupar mi tiempo en lo que, ocasionalmente, se me antojan como banalidades y cambiarlo todo por una noche infinita para conversar.

Y cuando pienso en ti no solo me pregunto cómo estarás, también si alguien es tan familiar como yo, si has dejado de pensar en todas esas inquietudes que nos mantenían despiertos hasta el alba y para las que nunca había suficiente tiempo de abordar. Me pregunto si tendrás momentos de felicidad plenos, como yo los tengo, y si te sentirás igual de culpable al no poder venir luego a contármelos.

Te echo de menos, mi querido mendigo. No todos los días, pero sí aquellos en que sale esa parte que tú tan bien conoces. Esa que siempre te busca.

Carta.

Esta carta va a ti, a quien quiero dejar entrar pero, a veces, no puedo.

Tal vez te suene algo extraño, pero parte de mi ser vive en el laberinto. A veces, me aterra la idea de ser feliz.

Puedo ubicar el momento exacto en que esto sucedió; fue en su fallecimiento. Este es el primer evento canónico que yo recuerdo, no creo que te sorprenda si te confieso que acabó de romper mi infancia, la cual, en realidad, ya estaba medio rota por el abuso de otras personas. 

Su partida rompió nuestro convencional esquema familiar e hizo que me criase en un ambiente tan variable que a veces era hostil, a veces vacío, a veces trataba de ser feliz, otras triste... El caos fue parte de mi vida desde que tenía doce años e hizo que la realidad entrase en conflicto con los castillos mentales que yo misma me construía.

Crecí en la añoranza de un amor que podía cambiar el mundo, del que me nutría en todo contenido que visualizaba o leía, pero que nunca encontraba, ni en la familia, ni en las amistades, ni en los idilios...

Proyectaba mis ideales y me alejaba cuando la realidad demostraba que mis fantasías no existían. Yo era incapaz de entender que había otras complejidades en el resto de las personas, a parte de las que sucedían en mi mente, por eso me repetía una y otra vez que las personas duelen y huía antes de que me rasgasen en lo más profundo.

Me reforzaba en la soledad de manera constante y, cuando construía un vínculo, yo misma lo saboteaba para perderlo. Me deleitaba en el dolor de la ausencia, que yo misma provocaba, porque de esa manera había crecido; de esa manera me sentía viva.

El tiempo me adentraba en el laberinto, cada vez a mayor profundidad. Hasta que me sentí tan sola que, muchas veces, me sentía incapaz de querer abandonar ese sentimiento. 

Cuando conseguía abrir mi corazón a alguien, conseguía enterrar este sentimiento, pero solo por esa persona, lo que construía un ambiente cerrado en el que mi felicidad era simple, con un solo vínculo al que me dedicaba en cuerpo y alma, perdiendo mi esencia y proyectando unos ideales que acababan por romperse. Mi incapacidad para expresar sentimientos profundos, de tratarlos sin opacarlos en mi interior, me llevaba a sentirme vacía, volcada en una relación en la que yo no existía y, cuando lo hacía, mis necesidades habían estado tan ocultas que era tarde sacarlas a flote.

El siguiente evento canónico que quiero que conozcas fue mi florecimiento. El año pasado conseguí ver la luz en el laberinto; volví a dejar entrar a mi interior a personas nuevas, en un ambiente más amplio.

La cara negativa de esa historia es que a la naturaleza de mi ser, criada en la soledad, nunca le ha gustado. A veces, añoro la tristeza, tanto como para querer que me acompañe el resto de mi vida, forzándome a abandonar vínculos para hacerme daño y retroalimentarme.

Esta parte de mí es muy complicada de explicar y también de acallar cuando resurge, porque, por extraño que suene, no quiero que se vaya; nunca lo he querido.

Cuando la he ocultado en una felicidad simplista, he acabado por ser infeliz. Es una parte que no comprendo del todo, es una parte que me hace sentir viva y que no puedo dejar ir. Hasta hace bien poco, solo una persona ha transitado en ella, pero esa persona ha decidido marcharse por un tiempo y ahora la transito sola.

El problema de todo ello es que, a veces, voy a necesitar que la transites conmigo. Que leas mis escritos, que te intereses por esta naturaleza oscura y quieras conocerla sin temerla. Yo no puedo ocultarla una vez más, ni quiero sentir que no puedes entenderla o que no vas a esforzarte en ello.

No lo parece, pero es mi esencia. 

Si la oculto esta vez, si finjo que no tengo un interior extraño y oscuro que moldea mis entrañas solo por miedo a que eso te aleje, me alejaré de mí misma una vez más y sentiré que vuelvo a fallarme. Tiene que estar, junto con el resto de cosas que ya has empezado a conocer, porque, sin él, no hay alma de poeta y mi razón de existir habrá quedado apagada de nuevo.

Tiene que existir junto a alguien que no vaya a verlo como algo demasiado complejo, demasiado intenso o confuso, sino junto a alguien que se vaya a interesar, que vaya a querer hablar hasta llegar a las entrañas y que, aunque no lo entienda, se vaya a esforzar en hacerlo y no en cambiarlo.

Es la parte más oculta de mí, a la que casi nadie tiene acceso. La más profunda, pero también la más importante. No necesita ser constantemente vista, solo ser escuchada por la persona que más necesite que se acerque a mi interior y para eso, tengo que sentir que va a querer hacerlo.

El laberinto.

En aquellos páramos helados, el sol brillaba por su ausencia. El caminante, artilugio y ser, insensato y envalentonado, se adentraba con la osadía de quien no teme perderse porque ostenta a salir victorioso.

El laberinto no es un lugar con salidas, al menos, no con lo que se entiende por ellas, mucho menos con una sola manera de cruzarlo. Quienes se adentran en sus angostos caminos, son conocedores del riesgo de perderse, tanto física, como metafísicamente.

Es un lugar inhóspito que a pocos abre sus verdaderos pasajes. Sus residentes más fehacientes transitan, de manera poco ortodoxa, lo que en el mundo material se denomina como locura por aquellos, llamémosles "obtusos".

Los obtusos se ofuscan en catalogar de etiquetas todo lo que les rodea. No atienden a razones, más que a las que la propia lógica ha dejado impuesta. Salirse de los dogmas establecidos por la razón no es más que una manera de transitar pasajes oscuros, al menos, así es como lo catalogan sus más fieles seguidores.

Algunos obtusos, denominados entre ellos mismos como aventajados, han rozado la superficie del laberinto. Han vuelto de entre sus rincones sin luz para predicar "la verdad", para arrojar la luz que le falta al laberinto.

¡Pobres! Desconocen que la verdad es abstracta, ambigua y poco lineal, desconocen que el laberinto no lo habitan los dementes, sino quienes han rasgado las entrañas de su ser y han preferido no volver al circo que deambulan ellos mismos; los obtusos.

Las construcciones inverosímiles, traídas desde los rincones más oscuros del laberinto, quedan encerradas entre paredes blancas y acolchadas. Acalladas con sogas y emancipadas con drogas. La realidad mental es un plano que la cofradía de obtusos se niega a conocer, oculta su existencia y acalla por completo.

Por eso, los caminantes más aventajados escogen sus palabras y adquieren sus propias reglas, ocultas para los obtusos, claro, porque su programación, la de éstos últimos, les impediría poder ver más allá del muro; desconocen cómo escalarlo, más aun, qué hay detrás de la piedra.

Sólo hablan aquellos caminantes incapaces de sobrellevar el circo, una vez han mirado la cara oculta del laberinto. Asumen su rol en una sociedad de cautos, que no se dejarían guiar por algo fuera de lo que sus sentidos les muestra. Pero está fuera de la jurisdicción de un caminante compadecer a otro caminante, mucho menos a aquel que han encerrado por habitar el laberinto,  todo lo contrario, es más probable que le mire sin recelo; sabe que ha alcanzado un estatus quo en la inconformidad y ha dejado su cuerpo al devenir del mundo material, al mínimo esfuerzo, para entregarse en plenitud al laberinto.

Vivir entre dos mundos es complejo, también moverse entre distintas realidades y personas con naturalezas laberínticas en desigualdad. Está en la naturaleza del caminante experimentado conocerlo, también conocer que, conforme avance en el laberinto, se encontrará en una infelicidad dulce de la que será presa.

No está en su poder cambiar lo que el laberinto ha hecho de su naturaleza. Tampoco poder hacer que personas que no están en los mismos pasajes del laberinto puedan llegar a comprender lo que sus ojos ven cuando miran las enredaderas. La profundidad en el laberinto te hace pasar de víctima a verdugo para, finalmente, alcanzar la comprensión.

Se puede comprender la tristeza intrínseca en un habitante de capas profundas del laberinto, pese a no tener su visión, solo que es realmente complejo cuadrar con el vacío de esa persona; que ella cuadre con el tuyo.

Ante la desventajada situación de dos habitantes del laberinto que se encuentran y no pueden verse ¿qué se recomienda?

En algunos casos, lo más sensato es la huida. Adentrarse en dominios ajenos es peligroso, puede uno perderse en un jardín que siquiera va a comprender y, peor aun, quedar atrapado en el bucle del intento. 

Para quienes son capaces de entrar sin estancarse, es recomendable tratar de entender y profundizar; la compañía es más leve si alguien comparte y entiende nuestros más profundos terrores ocultos.

¿Qué hacer en caso contrario? Me refiero... ¿si quien sentimos que es incapaz de comprender e implicarse en el laberinto es el otro? ¿Si tratamos de explicarlo pero no funciona?